Juan Carlos González
Mi madre nació en Alcántara, un pueblo que muchos de los que habitan la comarca de la Anoia ya conocen, pero para los que lo desconocen es un pueblo muy cercano a Portugal situado en la orilla izquierda del río Tajo. En Alcántara y siendo muy jovencita, mi madre trabajó sirviendo a una familia como criada. Mi abuelo había sido toda la vida jornalero, hasta el día en que empezó a construirse la presa, que dio lugar a lo que ahora se conoce como “pantano de Alcántara”. Aquella construcción cambió la vida de la familia de mi madre, pero también la de decenas de familias, pero acabar aquella construcción significaba que los albañiles, como mi abuelo, volverían a ser jornaleros. Su migración es fácil de entender: no querían volver a ser jornaleros porque vivir en esas condiciones significaba vivir bajo la voluntad del cacique de turno y sin esperanzas de futuro, sin sueldo fijo, ni trabajo asegurado. Es lo que hoy se conoce como precario. Así que se armaron de valiente, cargaron la casa en el autobús y vinieron hacia Catalunya, más concretamente hacia Vilanova del Camí.
La llegada a Vilanova no fue, ni por asomo, algo deseado ni agradable. Atrás dejaron familia, amigos, herencia, tradiciones, recuerdos, etc. Atrás dejaron un pueblo, una vida, para hallar una nueva esperanza. Pero Vilanova del Camí era, hacia los años cincuenta y sesenta, apenas una villa de pocas casas, con las calles sin asfaltar, sin cloacas, ni luz en las calles, ni nada de lo que pueda llamarse “pueblo”. Así que los vecinos, sobre todo los acabados de llegar, tuvieron que arremangarse y hacer el pueblo ellos mismos. Así ocurrió en incontables barriadas como Sant Maure, Fàtima, el Carmel o pueblos como Hospitalet, Cornellà o Badalona, y un largo etcétera, en la que la lucha vecinal fue clave para poder alzar el barrio o el pueblo. Esta experiencia es común en centenares de familias venidas de toda la península. También mi padre se encuentra entre esas familias, sólo que a él lo trajeron apenas nacer a Sant Martí de Maldà, partiendo de un pueblo de Jaén llamado Villacarrillo.
Barrios y pueblos surgieron de la nada y en muchos casos sin la ayuda de nadie más que la de la fuerza de la unión de los y las vecinas. Sus reivindicaciones y logros tenían un objetivo claro: mejorar el lugar en el que vivían, equiparlo con servicios y dotar sus vidas y la de sus conciudadanos de herramientas que les permitiera mejorar su calidad de vida. Dicho brevemente, hicieron pueblo, hicieron sus nuevos pueblos: dejaron atrás toda una vida para empezar otra nueva aquí. Han pasado décadas des aquellas migraciones masivas, pero la herencia que dejaron aquellas luchas vecinales ha quedado patente: la carencia de su pueblo de origen la suplieron construyendo pueblo aquí.
Hoy sus hijos, nietos y biznietos somos los que heredamos sus luchas. Muchos de ellos son los que hoy quieren y defienden una República catalana, alejada de esa España que estructuralmente nos roba y que ideológicamente nos desprecia. A nosotros, los hijos y nietos de los migrados nos llaman “charnegos acomplejados” como si no pudiéramos querer seguir construyendo pueblo con los “no charnegos”. Lo peor de todo es que tienen razón, porque tenemos un complejo: no queremos volver al origen del cual huyeron nuestros familiares décadas atrás. La periodista y activista Montse Santolino lo recuerda muy bien en una entrevista: lo que nos atemoriza realmente es quedarnos sin trabajo, sin futuro, volver a la situación de origen que hizo a nuestras familias tener que desprenderse de su pueblo, de su familia. Esta es la razón por la que no queremos vivir en un estado que roba a los trabajadores, estafa a los pensionistas, privatiza los servicios y derechos adquiridos y desprecia a los pueblos que no forman parte del ideario español, pero sobre todo no queremos formar parte de un estado que ningunea el derecho a decidir de las personas.
Cuando mis familiares y miles de familias huyeron de sus casas y pueblos y vinieron a Catalunya lo hicieron por la falta de esperanza y porque allá en sus tierras no podían decidir sus futuros. Hoy esa lucha sigue tan viva como entonces y por eso estamos queriendo construir la República catalana, del mismo modo que construyeron los barrios y pueblos que hoy habitamos. El 21D voté “en pie” República catalana y me dolió profundamente ver como vecinos, amigos y familiares votaban en contra de sus orígenes y necesidades, apoyando a políticos que aprovechan esa brecha social entre los migrados y los no migrados para dar alas a la política del odio. Mucho se está especulando sobre cómo convencer a aquellos “charnegos” que no defienden la República catalana como una posibilidad de luchar por su futuro y no creo que se trate de convencerlos, como si no supieran lo que han votado, sino tal vez de hacer posible que hagan Catalunya tan suya como suyos hicieron los barrios y pueblos.
Recuerdo que en la primavera del año pasado, Òmnium Cultural realizó un trabajo recopilatorio y recordatorio de las luchas vecinales en toda Catalunya titulado “Lluites Compartides”. Estas luchas tuvieron como objetivo la conquista de los derechos y servicios necesarios para los barrios y los pueblos, siendo los que permitieron construirlos. Nadie regaló nada a nadie, sino que los barrios y pueblos se hicieron con el sudor de los y las vecinas después de sus jornadas de trabajo. Los barrios y pueblos de la Anoia no fueron una excepción y por ello Òmnium Cultural tomó como ejemplo la lucha vecinal de la asociación “La Convivència”, entidad clave que permitió materializar las reivindicaciones de los vecinos y vecinas de los servicios que faltaban en el núcleo urbano durante la década de los 70′. Hoy esa lucha sigue tan viva como entonces, porque tal vez no tengamos que asfaltar calles, ni construir alcantarillas, ni tampoco iluminar las calles, pero sí sigue siendo necesario seguir apostando por las políticas sociales, que son las que cohesionan la sociedad y las que permiten alumbrar un horizonte a centenares de familias. Este es el camino que construyó barrios y pueblos y seguro que es el camino necesario que construya la República catalana.
Dedicado a todos aquellos que, como yo, comparten una historia de migración.

